domingo, 22 de febrero de 2026

Una entrada en la que intento hablar sobre Die my Love y acabo hablando sobre otras cosas (o sea, sobre mí)

 

«y, al enterarme de tu muerte, noto / una terrible atracción, sabor a sal» (Anne Sexton)

 

Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Lana del Rey como antes. No sé qué significa exactamente esa frase. Como antes. Cuando volví de Navarra el domingo pasado sola en el tren, me pasé las casi cuatro horas escuchándola, exclusivamente. Me hice una playlist intentando encontrar las canciones que tenían las mejores letras. «Solo quiero bailar con quien puedo sentir devoción», así la titulé. Es por culpa de una frase de Mary Oliver que leí por ahí: «Attention is the beginning of devotion». Me impactó mucho: vuelca toda la responsabilidad en mí.

Sí, hacía mucho que no escuchaba a Lana del Rey. La última vez Cherry me hizo ponerme a llorar mientras doblada la ropa. Tampoco recuerdo muy bien por qué. Justo después escuché Fragments, de Blondie. Supongo que ese es el por qué: los pedazos. Algo pasa con el tiempo, con mi tiempo, cuando recorro estas canciones que escuchaba hace años, en un momento emocional radicalmente distinto al actual. Claire Marin en su libro Los comienzos, hablando de El hombre joven de Annie Ernaux, dice: «el tiempo interno no es horizontal, sino vertical: distintas edades cohabitan en nosotros, facilitando o perturbando nuestra relación con el presente. El tiempo se recorre de pronto como el espacio, ha dejado de constreñirme: gracias a la pasión amorosa, me reencuentro con sentimientos juveniles, con actitudes y situaciones olvidadas». En el libro, Ernaux habla de su relación con un hombre treinta años más joven que ella. Para él, muchas de las cosas que hace con ella ocurren por primera vez. Para ella, esas primeras veces de él le hacen recorrer sus primeras veces, como si volvieran a ocurrir, como si volviera a habitarlas.




Ahora vuelvo a escuchar esa canción y me vuelve a hacer llorar. No sé qué tiempo está llorando por mí. Supongo que por eso me atravesó tanto Die my love: eso sigue ahí, en algún lugar. Hoy (esta entrada la empecé el 1 de febrero y no la he retomado hasta veinte días después) he leído este poema de Anne Sexton: «en la mente hay un estrecho callejón llamado muerte / por el que me desplazo / como si fuera agua». No sé nadar muy bien. Nunca he sabido. Ane, que es una nadadora excepcional, siempre me dice que ella me enseña, que no me va a costar nada aprender. Algún verano lo hemos intentado: siempre me muero de vergüenza. No sé si quiero aprender. Supongo que eso debería preocuparme. Para la protagonista de Die my love ese callejón está ahí, siempre está ahí. A veces se oscurece, otras veces se ilumina de manera cegadora (no sé qué caso es preferible). Cuando salimos del cine, Itziar me dijo que le había horrorizado. Yo le dije que me había encantado porque hablaba de la depresión. Al día siguiente me dijo que, si ese era el sentido de la película, que entonces le gustaba un poco más. Me leí el libro al poco de ver la película. El cuchillo. El libro empieza así: «Me recliné sobre la hierba entre los árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular». En la película, al principio, Jennifer Lawrence lleva un cuchillo en la mano mientras camina por la hierba. Sí, eso pueden hacer mis manos vacías: desangrarme de un corte ágil en la yugular. Eso puede hacer mi deseo (mis manos, mi sed, la sal): desangrarme de un corte ágil en la yugular. Svetlana Aleksiévich entrevista en su documental Lyubov: Love in Russian a personas rusas preguntándoles sobre el amor. Una de las mujeres explica cómo le escocía la mano, llena de arañazos de gato, al dársela a su amado, a quien le sudaba. Aun así, se la daba. «Así es como podríamos describir el amor soviético». La artista Sophie Calle preguntó a judíos de Nueva York qué lugar les había cambiado la vida. En el libro que se editó recopilando todas las experiencias había en una página las fotografías de los lugares y, en la de al lado, las experiencias de esas personas explicando por qué ese lugar les había cambiado la vida. Una de las mujeres recogió la fotografía de una piedra de un muro. Esa piedra le había cambiado la vida porque un día, caminando con su marido, se paró justo delante de esa piedra, apoyó su mano en ella y le contó que se había enamorado de otra y que quería dejarla. La mano y el cuchillo.

 

La mujer rusa de los arañazos de gato en las manos, aquí un trozo del
documental de Svetlana Aleksiévich donde explica su amor ruso

Hemos ido al mar (ha pasado otro día, sigo postergando terminar esta entrada, se está quedando clavada en mí, como si fuera imposible quitármela de encima). No olía a sal y varios niños nos echaron tierra encima. Eso me decepcionó. Pero leí varias cosas interesantes, como esta: «el deseo de traducir arrasa en los momentos más impensados o imposibles, incómodos. Como el deseo sexual. Después, cuando hay que traducir, cuando es la hora de hacerlo, y el lugar, a veces se adormece». La cita es de Laura Wittner, que es increíble. No he traducido en mi vida (aunque ahora, por su culpa, me apetece mucho probar a hacerlo) pero se me parece mucho lo que dice a la inspiración: cuando tengo que escribir soy completamente incapaz y luego, de repente, un día cualquiera, en el trabajo, con gente, en la ducha, me atraviesa de repente esa ansia, esa obsesión, esa frase que necesito escribir con urgencia. Me he sentado ahora a acabar esta entrada porque quiero hacerlo, aunque quizás ayer deseaba más hacerlo, ayer, cuando tuve que parar para hacer la cena, limpiar los platos, recoger la cocina, esas cosas que me quitan más tiempo del que querría. Más tarde escribiría en mi diario: «escribir solo sobre el poco tiempo para escribir que tengo. Escribir sobre las ganas que tengo de tener tiempo para escribir». En cualquier caso, lo que me obsesiona de esta frase es que el deseo es el mismo. El deseo. La sal. Intenté acercarme al mar, a las rocas, una parte de mí deseaba que las olas me salpicaran, llevármelas a casa, escribir con ellas. Escribir con la sal en mi piel. Pero qué más da que no me salpicaran: ya la tengo en la piel. Todo el tiempo. Todo es agua, ¿qué tendrá ahora el callejón? ¿agua en la que nadar o agua para ahogarme? Pero Jennifer Lawrence no desaparece en el mar, sino en el bosque. ¿Será ese su mar?


Justo cuando entró ayer Ane por la puerta, al volver del trabajo, empezó a sonar esa canción de Bowie que suena en Die my Love«Will you stay in our lovers' story?», pregunté: «Will you?». Asintió de lejos, desde el otro lado de la casa, a tan solo unos metros. Y aun así apenas la veía nítidamente por culpa de la miopía. Se siente un poco como escribir, tener miopía: atravesar algo borroso, algo que solo percibes levemente, imaginar el resto, entrecerrar los ojos (como apretar la mano contra el papel) buscando mejor la imagen (o la palabra), para nada, para ver la misma imagen turbia, confusa. Imaginar el resto. Escribir el resto. A mí también me sudan las manos a veces. Es la sal queriendo escapar de mí. Poniéndoseme por delante.

domingo, 24 de agosto de 2025

Soledad y el mar

 


Hacía ya un tiempo que no conseguía ordenar mi cabeza. El calor me seca el cerebro. No soy capaz de pensar, o no con propiedad. Pienso demasiado, pero cosas inútiles, agotadoras, desérticas. El último libro que me acabé (según tengo anotado al lado del ex libris) fue en julio: la Vida Nueva de Dante. Al lado de la fecha, un paréntesis: “lo he AMADO”. La verdad es que me encantó. Me lo compré en el primer cuatrimestre del máster y lo guardé en la estantería, y ahí seguía, intocable, todo este tiempo después. Supongo que me imponía de alguna manera, aunque no hacía más que cogerlo, mirarlo, hojearlo, como si me llamara de alguna manera. Finalmente me decidí a leerlo pensando que me había condenado: tardaría muchísimo en terminarlo, seguro, no conseguiría leer apenas, apenas podría concentrarme, entenderlo, prestarle la atención que necesitaba. Pero me equivocaba. Me fascinó desde el principio y, aunque la verdad es que no estaba leyendo tanto como querría, aprovechaba cualquier oportunidad para hacerlo. Y luego pasó lo de siempre: la maldición de haberme terminado un libro demasiado bueno. ¿Quién tendrá el valor de venir después? Qué difícil es decidir la siguiente lectura, una suficientemente buena para seguir su paso, pero en la que mi mente (que todavía sigue en el anterior) pueda penetrar con facilidad. Empecé algunos, los dejé todos. Ya estaba empezando a ver los brazos de la inapetencia envolviéndome despacio cuando lo vi, en una de las pilas inmensas de casa, casi pasando desapercibido: Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan. No sé cómo llegó este libro a casa. Ni si quiera estoy segura de si lo compré yo o Ane, y tengo la sensación, además, de que fuera quien fuera lo compró en una librería de segunda mano. Pero la verdad es que no lo recuerdo. Ane volvía a irse una semana a Azagra y acababan de meter en Filmin una nueva adaptación del libro, con Chloë Sevigny. Pensé que esa idea de leerme el libro y luego ver esa peli haría olvidarme de que estaba sola en casa. No me lo creía del todo, pero me prometí a mí misma intentarlo. Terminé el libro ayer por la mañana y por la noche vi la película. Todavía estoy con la fiebre Sagan. Todavía no he podido quitarme de la cabeza una frase que dice el personaje de Chloë Sevigny, Anne: «Es raro, ¿no? Amar a alguien. De alguna manera te aísla totalmente del mundo. Raymond, yo me aferro a mi soledad, y al mismo tiempo amo muchísimo. Se me da bien hacer las dos cosas a la vez». ¿Lo habré conseguido? En este momento, frente a mi ordenador, sigo sola en casa. Ane vuelve mañana. De todo el verano, en el cual Ane se ha ido de viaje un par de veces más, esta es sin duda la vez que mejor he estado. Me gusta aislarme. Me gusta alejarme. Estar sola. Pero me he acostumbrado tanto a la presencia de Ane en casa que me siento diferente cuando se va. Como si me hubiese dejado algo en el trabajo: sé que está ahí, que podré ir a buscarlo al día siguiente, pero la sensación de haberlo perdido me agita de todas maneras.

¿Por qué me ha hechizado tanto este libro? Es un libro juvenil, la primera novela de Sagan y, aun así, brillante. La relación de Raymond, el padre, con Cécile, la hija, no tiene nada que ver con mi relación con mis padres. Nunca he vivido una infancia parecida y, aun así, entro de lleno en su mundo. Me parece fascinante como retrata Sagan a los personajes. La elegancia, la sofisticación, el ingenio de Anne, en comparación con Elsa, que no es menos guapa ni menos inteligente, pero aun así tan claramente diferente a Anne. Esas pequeñas sutilezas que las separan completamente. Parece decirnos: ¿qué vida es mejor? ¿La libre, alocada, torpe, o la ordenada, fría, tranquila? Igual ninguna de las dos, o las dos al mismo tiempo. No lo sabemos. Ni si quiera ellos lo saben, por eso Cécile decide con cabezonería que tiene que hacer algo para cambiar su nuevo modelo de vida, que parece aborrecer, para luego arrepentirse. Me parece muy interesante ver los recursos que utiliza la directora para transmitir eso que transmite Sagan con la escritura. No dejo de pensar en la escena de la manzana: Anne coge una manzana, se levanta de la silla a por un cuchillo y desaparece de la escena, aparece Elsa, se sienta en el mismo lugar de Anne (¡!) coge una manzana, empieza a comérsela a bocados, aparece Anne de nuevo y también Cécile, que coge a su vez otra manzana. Y ese plano perfecto de las tres: Cécile y Elsa comiéndosela a bocados, mientras que Anne está partiéndola con un cuchillo.

 


Sigo en el mar. En esa imagen azul infinita. ¿Qué es la tristeza? ¿Cuánto ocupa? ¿Cuándo llega por primera vez? Recuerdo cuando me vino la regla por primera vez, dónde estaba, con quién, qué pensé. No recuerdo la primera vez que me sentí triste. No recuerdo por qué. Ni si estaba con alguien. Hoy, frente a mi ordenador, sola todavía, me enorgullezco de mi propio aislamiento, de mi tristeza. La conozco. Me he dado cuenta de que cuando más escribo es cuando estoy sola. Totalmente sola. Cuando no tengo interlocutor lo busco aquí. Quizás pueda reconciliarme también con mi soledad.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Ficciones y deseo

 

Me despierto de un sueño confuso, no soy capaz de distinguir la realidad del sueño, la vigilia, la fantasía, la ficción o la verdad. Veo imágenes, siento mi cuerpo, eso sí lo siento de verdad. Me despierto varias veces, apago la alarma, vuelvo al sueño, vuelve a sonar, la vuelvo a apagar, así repetidas veces hasta que la fina línea que separa el sueño de la vigilia, la ficción de la realidad se difumina. Se difumina tanto que no sé si soy yo o una imagen. Mi cuerpo vibra y enloquece y creo que lo hace de verdad. Temo haber gemido en sueños, cuando me despierto y soy consciente de qué he soñado. Siento que me he corrido, ¿eso también era un sueño? Me levanto, perezosa, me visto, me voy. Llego al café, no quería empezarme este libro, pero lo hago, no puedo evitarlo, algo me atrae fervientemente a él. Lo empiezo y siento que entro, que yo misma me difumino, que me vuelvo obsesiva, que deseo como Annie. Sí, es eso, es justo eso, siento que mi deseo me devora; mejor: que me ocupa. Lo leo frenética, siento como mi cuerpo alcanza una verdad absoluta, algo que no sabía describir con palabras, que no tenía nombre (¿título?) para poder entenderlo. Annie describe sus celos, su obsesión tóxica rozando la locura. Pienso, pienso y pienso y no me lo consigo quitar de la cabeza: Pura pasión, la espera, la locura, el deseo atravesándome, la ignorancia, la incertidumbre, la profunda sospecha. En sus celos y sus obsesiones entiendo mi propia obsesión, mi propia sospecha interior. No tendré celos (¿los tendré?), pero su individualidad se universaliza en mí. Sí, me ocupa, algo me ocupa, me siento ocupada en alguien. «He conseguido llenar con palabras la imagen y el nombre ausentes de la que, durante seis meses, siguió maquillándose, acudiendo a sus clases, hablando y corriéndose sin pensar que también vivía en otro lugar, en la cabeza y en la piel de otra mujer» (Ernaux, 2022: pág. 82). Cada una de sus frases me atraviesa, me descubre palabras, palabras que se trazan y entrelazan en mi interior y cuando lo acabo me siento mareada, como sumida en otro sueño, ¿estaré soñando? Me levanto tambaleante de mi mesa y salgo, siento que querría correr, necesito ponerle nombre, palabras, escribir. Deseo escribir y ese deseo hace que mis entrañas palpiten, que me sienta dando tumbos hacia una página en blanco. «En aquel instante convine que el sexo, el sexo materializado en la otra mujer, era lo más importante del mundo. Hoy es lo que me empuja a escribir» (Ernaux, 2022: pág. 58). ¿Me empujará a mí también a escribir eso? Veo la fantasía, a mí misma, a ella, y la mera imagen me alimenta, me despierta mi deseo, me despierta mi ficción, despierta mi escritura… Dice Pura pasión: «Me asaltaba todo el rato el deseo de romper para dejar de depender de una llamada, para no sufrir más, y al punto imaginaba lo que eso significaría desde el momento mismo de la ruptura: una retahíla de días sin ninguna esperanza. […] Comparada con el vacío recién atisbado, mi situación actual me parecía afortunada» (Ernaux, 2019: pág. 45), y dice en La ocupación: «si mi sufrimiento me parecía absurdo, y hasta escandaloso comparado con otros, físicos y sociales, si me parecía un lujo, lo prefería a ciertos momentos tranquilos y fructíferos de mi vida» (Ernaux, 2022: pág. 58). Annie es destructiva, Annie sufre. Aunque yo no sufra, en su sufrimiento soy capaz de entender algo de mí misma. Mi ficción, mi fantasía. Esa es mi ocupación: todas esas imágenes, ensoñaciones, deseos, que me nublan la vista y que permanecen en mi cuerpo, habitándome [1], durante días, hasta que de golpe desaparecen como si nunca hubieran existido. Y luego vienen otros, diferentes o los mismos, con otras imágenes, otros espacios y lugares, otros tiempos, otras sombras. Soy un recorrido de ocupaciones, de imágenes, que me pueblan y habitan. ¿Existo al margen de ellas? Cuando no existen, cuando me encuentro en un espacio deshabitado de ellas, en mitad de una ocupación pasada y una posible ocupación futura, ¿existo? ¿Existo fuera de mi deseo? «Esa mujer me llenaba la cabeza, el pecho y el vientre […], aquella presencia ininterrumpida me llevaba a vivir intensamente» (Ernaux, 2022: pág. 16). Cuando me siento habitada, ocupada, mi cuerpo tiene mayor presencia, pesa más, mi propio deseo tiene más importancia, me siento más atractiva, más deseable, incluso para mí misma. Y así, sobre todo así, siento mi presencia en el mundo más interesante, con más valor (incluso intelectual). Mi vida cobra más sentido de repente, como si mi auto convencimiento de mi propio atractivo pudiese conceder más importancia, más valor a las cosas. Camino por las calles nubladas y siento que floto, que nadie tiene tanta importancia como las palabras que rondan en mi mente, desordenadas (ni si quiera yo, pero sí mi deseo); siento que en ellas existe lo más importante, y me da miedo perderlo, me da miedo que huyan de mí, que las olvide.

Percibí debajo de mí, en forma de alucinaciones, unas palabras que tenían la consistencia de las piedras, de las tablas de la ley. Sin embargo, los signos danzaban y se juntaban, se dislocaban, como los que flotan en la famosa “sopa de letras”. Tenía que atrapar, costara lo que costara, aquellas palabras, eran las que necesitaba para liberarme, no había otras. Tenía miedo de que se escaparan (Ernaux, 2022: pág. 79).

Esas palabras rondan en mi cabeza, sí, Annie, es justo así, así siento las mías, rondándome y poseyéndome a punto de irse, anunciando su final, su muerte, en el mismo momento del nacimiento. Camino acelerada y entro al súper. Me planteo no entrar, subir corriendo las escaleras hacia casa, rezar por que permanezcan en mí, las ideas, la lucidez tambaleante y provisional, tan débil, tan difusa, casi yéndose. Pero entro al súper, está vacío, todo está colocado en su sitio. Me siento, una vez más, como tú, Annie, no sé si por tus palabras habitándome, pero te veo en todas partes. ¿Qué me atraviesa, mi deseo o el suyo? ¿Mi identidad o la suya? Cojo lo que necesito al vuelo, sonrío a un empleado, la chica que me atiende apenas me mira. Siento su desazón, su tristeza, la enlazo con la mía y salgo. Algunas gotas de lluvia empiezan a caer sobre mi piel, pálida, erizada, vibrante y llego hasta mi puerta. La cerradura es un hueco, y la puerta se abre solo empujándola. Ayer desapareció y sigue sin existir. Subo las escaleras, me siento como con un miedo entrando por las plantas de mis pies, según camino, hasta recorrer todo mi cuerpo y encontrarse con ese deseo vibrante. No sé si me da miedo perderme o la soledad. Annie. Subo las escaleras, parecen eternas, son solo tres pisos, un silencio sepulcral pinta las paredes y barre el suelo, solo ensuciado con mis pasos, firmes, rápidos. Mi respiración se agita y no sé si es mi temblor o las escaleras. Llego. Escribo. ¿Qué deseo? Intento ponerle palabras, intento enlazar esas ideas difusas que caminaban conmigo por las calles. Pongo música, mis manos escriben frenéticas como poseídas por la música. Suena Pretty when I cry y me siento en la voz de Lana del Rey, recorro de repente toda mi vida, vuelvo al pasado, ¿deseaba? Quizás mi tristeza era otra forma de deseo, otra forma de habitarlo, otra forma de vivir. Hacía mucho que no la escuchaba, pero su voz resuena en mi interior como si aquello que antes despertaba no se hubiera ido nunca. Me siento más unida al origen del mundo que de ninguna otra forma. Mi cuerpo, estas paredes que me rodean, estas teclas que pulso fervientemente, no existen. Pero sí lo hace mi pensamiento, mis imágenes, mis ficciones. ¿Será mi ficción más real que mi cuerpo, que mi materialidad? ¿Existirá más que yo misma en este mundo?

El mero hecho de que una compañera de clase le de me gusta a la historia que he subido, una fotografía de un fragmento sobre el deseo sexual del libro de Annie, o de que alguien en particular haya visto la historia (imaginándome que lo ha leído, que ha pensado, que ha sentido algo, aunque no tengo ningún tipo de certeza que demuestre que de verdad lo ha leído y no ha saltado la historia sin mirarlo) activa algo en mí, como si esa fuese una forma oculta de llamar al deseo, de ponerle nombre junto al mío, aunque solo sea mi pura imaginación. Mi imaginación desea con fuerza y aunque no exista, aunque no tenga materialidad o fundamento, en el fondo la siento más cierta que yo misma. Más que la realidad misma. Aunque solo sea ficción, es más verdad, es más real. El libro se abre con una cita: «con la conciencia de que, si tenía el valor de ir hasta el final de lo que sentía, acabaría por descubrir mi propia verdad, la verdad del universo». Aunque sienta obsesiva e ilusoria cualquier posible demostración exterior de deseo hacia mí, relatarla me hace sentir que descifro una verdad, una profunda y sincera verdad que, siendo la mía, da sentido al mundo. Mi verdad, es también la del universo. Mi ficción me da, de alguna forma, sentido. Por más incierta que pueda parecer a cualquier otra persona, por más ficción que sea. Si siento mi ficción más real que mi propio cuerpo, cualquier ilusión e imaginación tiene más sentido que yo misma.

 

 

Más tarde escribiría en mi diario:

Hacía tiempo que no me pasaba algo así con un libro. No es como cuando lees algo brillante. Me he vuelto nerviosa, temblando, con algo metido en mi cuerpo que era entre deseo en su más pura esencia y deseo de escribir. Creo que me excitó sexualmente lo bueno que era el libro, el hecho de que un libro así existiera y llegara a mis manos y ayudara a explicar ciertas cosas sobre mí misma. Y que, además, me diera esa necesidad de escribir, y de escribirme. De darme palabras. Sobre mí misma. No usarlas en ficciones ajenas: usarlas en mi vida, en mis propias ficciones.

El deseo sexual como iluminación, como lucidez, como despertar espiritual. Es un pozo: si te asomas al abismo, en el charco de abajo del todo puedes ver tu imagen, como en un espejo.

Esa misma noche decidí que necesitaba una frase tatuada en el cuerpo, a Annie inscrita en mi piel, como ella está inscrita en mi deseo, en mi forma de explicar el deseo: «J’ai mesuré le temps autrement, de tout mon corps».

 

Bibliografía:

Ernaux, A. (2019). Pura pasión. Barcelona: Tusquets Editores.

Ernaux, A. (2022). La ocupación. Madrid: Cabaret Voltaire.



[1] Buscando una cita en Pura pasión descubro que Annie ya lo dijo antes, claro, y cuando lo leí pasó desapercibido para mí. Ahora cobra muchísima más importancia: «En el tren de cercanías, en el metro, en las salas de espera, en todos los lugares donde está autorizado no dedicarse a nada, en cuanto me sentaba me sumía en una ensoñación con A. En el instante en que caía en ese estado, se producía un espasmo de felicidad en mi cabeza. Tenía la impresión de abandonarme a un placer físico, como si el cerebro, bajo el repetido flujo de las mismas imágenes, de los mismos recuerdos, pudiera gozar y fuera un órgano sexual como los demás» (Ernaux, 2019: pág. 40).

jueves, 13 de octubre de 2022

La intimidad de la escritura

 

Tengo un recuerdo que no sé si es memoria o sueño. Recorro su vuelo como si fuera mío, como si estuviese en mí, pero lo cierto es que no sé si es parte de mí. No sé cómo ha llegado aquí. Leí en algún sitio que Almudena Grandes dijo que paseaba para poder escribir. Que se inspiraba caminando, observando. Pensé en Vivian Gornick. En edificios altos, en el sol reflejándose en los cristales, en gente caminando a tu alrededor, deprisa, despacio, hablando entre ellos, callados, mirando el suelo, mirando hacia adelante. Mirar y ser mirado. Pensé en eso y no sé si me fui a dormir envuelta en ese pensamiento. Almudena Grandes dijo que, durante su enfermedad, como no podía salir a pasear a la calle como antes, caminaba por el pasillo de su casa una y otra vez; esos paseos dieron lugar a su última novela, que acaba de publicarse póstumamente. Así que ahí me vi yo, caminando, caminando en una ciudad desierta, en unas calles vacías. Eran grises y estrechas, solo estaba yo y los edificios, los adoquines, las farolas, las papeleras, las líneas sobre el cemento, los semáforos y las señales. Solo yo: yo y mi escritura. Me miraba los pies y según los veía avanzar, avanzaba también mi pensamiento, las teclas en mi cabeza, las ideas entrelazándose, como en un largo abrazo, como en un profundo beso en blanco y negro… Pero de pronto, alguien se cruzaba conmigo. Algunas personas, pocas, pero cruzábamos miradas, cuerpos, espacios. Y cómo me sentía. Sentía que estaban viendo algo íntimo, sentía como si me estuviesen viendo desnuda. Sentía que estaban viendo cosas de mí que ni yo misma había visto, así que bajaba la vista, bajaba la cabeza, eliminaba su imagen de mi vista, para hacerlos desaparecer, para intentar continuar en una intimidad vacía, la única en la que podía darse lugar la escritura. Me sentía desnuda y observada porque aquellas personas que se cruzaban conmigo estaban viendo mi proceso de escritura. Y sentía eso como lo más sagrado, lo más interno, lo más íntimo… Nada como eso. Y esa imagen: gris, nublada, edificios altos, pero calles estrechas, y vacías, y casi la noche cayendo, y mis pies contra la acera, el sonido casi en eco en ese lugar hueco. «Tengo la sensación de que siempre que pasa algo importante llueve; pero a veces me pregunto si lo que sucede, en cambio, es que el acto de recordar desencadena una especie de lluvia sobre la memoria, y que por eso las imágenes se nos devuelven siempre difusas, como vistas en un cristal empañado». He leído esta frase en uno de los últimos libros que he comprado. No sé de qué página es, estaba en una de las solapas de la faja. El asedio animal, de Vanessa Londoño. Creo que no llovía, aunque no hacía sol… Estoy segura de que no hacía sol. Estoy segura de que estaba sola… Y, sin embargo, está difuso, como ese cristal… ¿Recuerdo o sueño? A veces me cuesta separarlo. Diferenciarlo. Si fui, no sé a qué lugar. Si soñé… ¿quién era? ¿Qué escribiría? ¿Llegaría a algún lugar? El sonido de mis pies contra la acera, como el de las teclas…


Bibliografía:

Cedillo, J. (10 de octubre de 2022). «La novela que sirvió como "refugio" a Almudena Grandes en el final de su vida». El Cultural. Recuperado el 13 de octubre de 2022 de: https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/20221010/novela-sirvio-refugio-almudena-grandes-final-vida/709679329_0.html

Londoño, V. (2022). El asedio animal. Madrid: Almadia Editorial.


viernes, 2 de septiembre de 2022

El lugar

 

Corre viento y la casa está tranquila. Solo estamos nosotras, he escuchado varias veces a mi suegro salir y entrar y volver a salir, como siempre. Pero ahora, solo nosotras, la calma, el día por hacer, el silencio de quien está ya despertándose pero todavía el resto de la casa no lo sabe… Las cortinas susurran palabras que solo la poesía podría recoger, voces lejanas, coches lejanos, el sonido de algún pájaro que vuelve a su nido… La amiguita ya me ha escrito que quiere desayunar. Le escribí yo primero porque sabía que se iba a despertar antes que nosotras, eso pasó los dos días anteriores, pero hoy le escribo y no recibo respuesta así que me vuelvo a dormir. Al cabo de un rato veo un mensaje suyo. Ha dormido más que normalmente, la calma no solo vive en la casa… también se nos está insertando dentro, muy dentro de nosotras… Nos vestimos, nos saludamos adormiladas, bajamos a desayunar. Nos sentamos bajo toldos y el aire que sentíamos en casa ahora se siente cálido. Vienen mi suegro y el abuelo de Ane y se sientan con nosotras. Tomamos el café, compartimos una napolitana. Celebro no solo su sueño tranquilo y alargado, sino también su hambre despierta, su hambre nueva… Comparte conmigo la napolitana con gusto, nunca la he visto comer tanto. La noto tranquila… se despierta en mí una sensación de satisfacción muy profunda, arraigada a mis raíces, curando mi sed, dándome un suelo y consuelo y un sustento. Hablamos, miramos a la gente, escuchamos unos niños jugar cerca bajo nuestra mirada inquisidora, que compartimos entre nosotras. El abuelo de la Ane se refiere a la amiguita en femenino y nos miramos sonriendo, sin decir nada, agradecidas, hasta emocionadas. Parte de la tranquilidad viene de eso, de esto… qué fácil es estar bien en un lugar así. También cambiamos nuestro lenguaje cuando hablamos con otras personas que no guardan vínculo, o que nos hace sentir menos seguras… Pero no con nuestro entorno, no con el entorno que nos confía Ane. Estamos aquí, con ella, nosotras tan rotas y desestructuradas. Pero estamos en este círculo, en este espacio preciado y cariñoso que nos confiere Ane y nosotras lo cuidamos, lo abrazamos, cerramos los ojos…

Damos un paseo por el monte, en el coche que nos va a enterrar a todos. Las ventanillas bajadas, mi pelo enredándose entre sí y un fuerte olor a hierba, a humedad, a viña. Vamos por la carretera adelantando a los tractores y acompañándoles. Nos paramos en un trocito de campo que luce antiguo, como esas cosas que antes fueron grandes y ahora están abandonadas. Mi suegro nos explica la de veces que iban a esas mesas de piedra a merendar, o a comer, a tumbarse en el suelo al fresco, a charlar, la cantidad de vida que hicieron en esas mesas de piedra, en mitad del campo y los árboles. Ahora está sola, vacía, con hierbajos y matorrales. Aunque nunca he hecho vida aquí, lo siento como mío…

Volvemos a casa. Hago la comida. La amiguita y Ane insisten en ayudarme, disfruto cocinando. Mi suegro y el abuelo de Ane comen acompañándonos y luego se van, mi suegro entra ahora a trabajar. Nos sentamos las tres en el sofá, empieza a caer una lluvia fina que de golpe se vuelve tormenta. El cielo gris, el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. La amiguita sale a fumar, Ane se asoma, le encantan las tormentas de verano. Yo me quedo en el sofá, estamos viendo un programa de cocina riéndonos por cualquier tontería. La casa vuelve a la calma, incluso bajo la tormenta, como esta mañana. El día está haciéndose… pero con la misma tranquilidad y soltura que antes de despertarse. Es como si todo fuese tan fácil… aquí dentro todo es tan fácil…

Pasamos la tarde en familia también. En Arnedillo, en el balneario, luego vuelta. Recogemos, cogemos comida, vamos a casa. Es de noche, estamos cenando en la cocina, mis suegros van llegando. Bueno pues ya está… se acabó el fin de semana. Dice alguien. Qué rápido pasa. Disfrutad, por eso… disfrutad que esto pasa muy rápido… dice mi suegro. Le miro y sonrío. Algo de mí se vuelve triste y delicado, vulnerable. Nos ayudan a bajar las cosas. Nos montamos en el coche. Luego, una vez en marcha, tendremos que volver porque me he dejado la tablet y todavía estamos cerca. Pero después volvemos a ponernos en marcha. Carretera levemente iluminada, la noche cubriéndolo todo, nosotras en silencio, cantando las canciones que van sonando. Madre mía, ¿os imagináis que estuviésemos llegando ahora?, dice Ane. Nos podríamos poner otra peli y estarnos en el sofá hasta que nos quedáramos dormidas, digo yo… Volvemos al silencio; por algún motivo, esa leve melancolía que había empezado a tomar forma me desprende serotonina. Siempre lo hace… la paz, la calma, la ternura y el cariño… esto existe, está aquí… está, aunque nos vayamos. De hecho, podemos llevárnoslo con nosotras. Podemos estar así… todo cambió cuando lo vi hace unos años: podemos estar justo así…

Pasan un par de días y me llama mi madre. Todo sigue igual… Mi abuela está triste porque están vaciando su casa para venderla. No está viendo el proceso, tampoco podría subir y bajar todas esas escaleras de su casa solo para ver su tristeza y su vacío. Nunca lo verá, ¿se despidió? Yo necesité ir para despedirme y aún siento que no lo he hecho bien… Siento un duelo por un espacio, ¿es eso posible? Siento la tristeza de mi abuela. Cómo mi tío le dice, restándole importancia o no dándosela del mismo modo que nosotras, que están tirando cosas de su casa. ¿Qué cosas? ¿Qué estáis haciendo?, me dice mi madre que preguntó ella. No le dijeron nada y la entiendo, yo tampoco querría saberlo… Lo sé, y preferiría saberlo menos, quizás… Nadie le dice nada para que no se ponga triste, pero sabe perfectamente lo que está pasando… Lo sé yaya, lo sé... Yo también amé un espacio, un lugar. Lo amo… Un lugar puede ser un ancla, un salvavidas. Un suelo, una arena bordeada por el mar, yendo y viniendo, yendo y viniendo… Es un sustento, una raíz, un lugar en la tierra, un solo y mísero lugar de existencia… Yo lo tengo, ¿sentiré tenerlo siempre?

Podemos estar justo así, me gustaría decirle a mi abuela. No hace falta ir a un lugar, puedes llevártelo, quedártelo, construirlo de nuevo… Una melancolía tan leve, tan suave y acogedora también puede ser un lugar, un hogar familiar… ¿La echaré de menos también a ella?

martes, 26 de julio de 2022

Arena de playa y un diario

 

Luna Miguel, en Leer mata, cita a Blanchot: «escribir la autobiografía de uno mismo, ya sea para confesarse, ya sea para analizarse, ya sea para exponerse a los ojos de todos, al modo de una obra de arte, quizás es tratar de sobrevivir, pero mediante un suicidio perpetuo, muerte total en cuanto fragmentaria» (2022, pág. 75). Es difícil evocar la memoria sin doler, sin morir. Es difícil contar sin herir. Escribo sobre mí misma, a veces. Pero no sé por qué. ¿Pretendo sanar, herir, crear belleza, romper la belleza, sobrevivir? ¿Lo consigo, acaso? Nada. Quería escribir sobre cómo siento mi identidad ahora mismo, en este preciso instante, cómo siento que me he convertido en una esposa, ama de casa, una madre, una don nadie, lo duro que es hacer tanto y no ser nada. ¿Por qué cuando pensamos en esas mujeres de hace años (o incluso de este año) que limpian, que cuidan, que dan todo, decimos que solo hacen eso? Solo limpian, solo te hacen la comida, solo mantienen literalmente toda tu vida. Esas mujeres, madres, esposas, sostienen el mundo, siempre lo han hecho. Y son anónimas, no sabemos cómo se llaman, no sabemos cómo sentían, qué sentían. Llevo días preguntándome: ¿cómo no se suicidaron? Me levanto, salgo, vuelvo, hace calor, friego los cacharros, hago la comida, la pica vuelve a llenarse, hago la cama, comemos, me quedo sola de nuevo, ocupo mi tiempo en cosas que me hacen olvidar que me sobra demasiado tiempo, hago otra vez la comida, la pica sigue llena, ahora todavía más, sigue haciendo calor, cenamos, vivo unos minutos y en seguida ya tengo sueño, me voy a lavar los dientes y por el camino veo la pica llena que tendré que fregar mañana, otra vez, levantarme, fregar, cocinar, limpiar, hacer la cama, cocinar, cenar, dormir, levantarme, fregar, cocinar… Cuando llega la noche y por fin llega ella, la vida se relaja un poco, mis pensamientos se pausan, nos abrazamos y hablamos, está muy cansada así que le hago cosquillas, la animo, hablamos. Quizás no está todo perfecto ahora mismo, pero lo estará, nos prometemos eso, nos hacemos promesas que no sabemos si nosotras podremos siquiera cumplir. ¿De qué depende? Nos creemos videntes, sí, sí, estará todo bien, lo siento, lo he visto, mis corazonadas palpitan en mi interior y yo las interpreto, les doy sentido, digo ¡sí! ¡Ahí está! ¡Así será nuestro futuro! Es que mi corazón ha palpitado de una forma especial que no hace normalmente, y tiene que ser por eso. Damos sentido, ¿lo tiene? ¿Algo? Nos dormimos, sigue haciendo calor, me pica todo el cuerpo porque los mosquitos no tienen piedad conmigo. Me paso el día pegada a mi cuerpo y mi cuerpo es una compañía terrible, suda, pica, sufre. Intento despistarlo, me duermo, me abrazo al sueño, así no pienso, así no existen preocupaciones, ni hay que fregar, ni olvidar. Ni ocupar mi tiempo. Cuando duermo no hay tiempo. Cuando duermo no hay nada. Pero me despierto, ella se va. Otro día más. Es que todos son idénticos. Siento que algo en mi cuerpo, algo familiar, empieza a ocupar, empieza a hacerse notar, a teñir, a reírse de mí. A veces lloro y en seguida me duele la cabeza, ya no sé si es el calor o el dolor. Pienso que mi tristeza es como la arena de la playa, hay tanta, es tan diminuta, se cuela por todas partes y te la sacudes bien, una vez tras otra, pero cuando llegas a casa y te desvistes y sacas las cosas de la mochila… empiezas a oír cómo cae al suelo, porque es prácticamente invisible cuando se cuela en los bolsillos y en los pliegues de la ropa, pero sabes que está ahí. Suena, pinta el suelo. Veo esos diminutos bultitos mínimamente iluminados por la luz que entra por la ventana, colándose en cualquier rincón de la casa. Me cuesta mucho deshacerme de la arena de la playa. Me cuesta… Me gusta el mar, me gusta mirarlo, escucharlo, me relaja, no pienso, o pienso mucho, pero está bien, veo el horizonte, no llego a terminarlo, y eso está bien, sé que sigue, está bien. El mar devuelve la arena, la recoge, la arrastra y la devuelve. Continuamente. Hay tanta. En La bajamar la presencia del agua, del mar, del río es constante. Es un recuerdo, es el origen, es una historia familiar. Es como una caracola… acercas el oído y siempre se escucha el fondo del mar. Solo si aguzas bien el oído… Sus protagonistas intentan recordar, intentan dejar su memoria a alguien, hacerla constar, que exista, que no se olvide… Si no se olvida ellas vivirán, pero la memoria es confusa… Y duele. ¿Cómo tratarla? ¿Cómo hablar de ella sin herirte? Es difícil establecer una memoria, hablar de tu memoria, hablar de tu presente, o de lo que fue, o de lo que esperas que sea… Es difícil porque las palabras crecen en la boca del estómago y es justo ahí donde empiezan a doler. Y su recorrido es lento, va despacio, tiene mucho camino para herir. En la garganta se forma un nudo, tú ya sabes qué hay ahí… qué intentas decir… por eso el nudo, no sabes deshacerlo, seré ama de casa, pero nunca me enseñaron a coser… soy una esposa de otro mundo, de un mundo en dónde no debería haber ya esposas… pero el sistema se empeña en crearlas. No sé deshacerlo y lo vomito. Sale de mi boca ensuciándome, provocándome un sabor agrio, amargo, que me irrita por dentro. Evocar la memoria… Para Blanchot es un suicidio, es una rotura, es una fragmentación inevitable. Y sí, puede que lo sea, lo es. ¿Pero no es acaso vivir también una forma de suicidio, una forma de dar muerte, de romper, de doler, de herir, de tratar de sobrevivir? Quizás escribiendo solo tratamos de establecer, de ocupar, de dejar una constancia… algo que no pueda olvidarse… puedo elegir no volver aquí, pero si lo hago, sé que recordaré esto, este instante, este momento, el nudo, la arena, fregar, recoger, cocinar, el calor… Es verano, ¿sabías? Y siento que tengo la playa en casa, pero el mar me queda tan lejos… Ojalá lograra escucharlo. Ojalá estás letras fueran el fondo de una caracola...

 

Miguel, L. (2022). Leer mata. Valencia: La Caja Books.

Moreno Durán, A. (2022). La bajamar. Barcelona: Random House.

miércoles, 20 de julio de 2022

Flotar

 

Un zumo con piña. ¿Y por aquí? ¿Un café con leche? Yo… yo un agua. Y yo zumo. Dos zumos y un agua perfecto. El camarero se va. Es el mismo que nos ha atendido a nosotras cuando hemos llegado. Nos ha costado bastante levantarnos (¡hemos madrugado!) y nos hemos venido para Els Tres Tombs. Por algún motivo creo que a Ane tampoco le emociona mucho venir, pero siempre que lo hacemos se queda mirando el televisor en donde están poniendo uno de esos programas de la MTV con los mejores videoclips del pop, del 2000, etc. Nos hemos sentado en una de las mesas de fuera, esas que siempre que pasaba por aquí hace unos meses (cuando todavía iba a la biblioteca) veía a señoras sentadas desayunando, o a gente leyendo a la sombra, y me despertaba un no sé qué de emoción y deseo que nunca acababa de suplir. Hoy era el día. Ane dijo: ¿estás segura de que tendrán algo dulce? Hombre, siempre veo a señoras desayunando… supongo que sí, ¿no? Llegamos (yo tenía la intención de ir dentro porque tenía mucho calor y dentro habría aire acondicionado) y Ane propone que nos sentemos en esas mesas que yo veía, que yo deseaba, en las que yo me imaginaba desayunando en paz y calma cada mañana que pasaba por delante. Nos sentamos y viene a atendernos el camarero (sí, el del principio). Café con hielo, zumo de naranja y dos cruasanes normales. Charlamos un poco, Ane bebe y come mientras yo me enrollo como las persianas y luego se va al baño. Yo saco mis apuntes mientras escucho que a mi derecha una señora mayor tose y habla muy agudo al camarero. Perdona, es que estoy muy constipada. Ane vuelve y me da un beso, nos vemos luego. Se va al gimnasio y yo me quedo estudiando. Me cuesta mucho prestar atención a nada relacionado con esas hojas escritas delante de mí y doy un sorbo a mi café con hielo (que está prácticamente entero) mientras miro a mi alrededor: el Mercat de Sant Antoni, majestuoso, dorado, morado, la gente paseando, conversaciones entre las que me cuelo y husmeo y luego salgo, como las olas de la playa que llevan arena y la arrastran, van y vienen, van y vuelven, la señora tose y saluda a alguien. Giro un poco la cabeza, disimuladamente: espera, son ellas. Sí, sí, ¡son ellas! Cada vez que iba a la biblioteca, todas las mañanas, pasaba por este bar y deseaba tener el tiempo, tener la calma, tener la suerte de poder venirme cada mañana aquí a desayunar, a leer (¿deseaba, acaso, ser una jubilada?). Y luego, todos los días cuando volvía a casa y volvía a pasar por aquí veía lo mismo: cuatro señoras, sentadas en una mesa de dentro, la de la esquina, siempre sentadas exactamente en las mismas sillas, de forma que cada día podía ver a la misma señora. Pelo gris, gafas gruesas y redondas, la cara redondita. Siempre que pasaba estaba callada, siempre mirando a sus amigas. Muchas veces cruzábamos miradas. ¿Se acordaría de mí? ¿Me reconocería, de tantas veces que pasaba por ahí? Había días que no las veía, que encontraba su silla vacía, la mesa ocupada por otras personas, ¿qué les habría pasado? ¿hoy no habrían quedado? Así día tras día. Todos los días. Buscando su ausencia o su presencia. Recordándola, pensando, ¿por qué me fijo en ella? Y aquí están, hoy, después de tantas semanas sin buscar, sin mirar, sin volver… Ya no hay olas, pero ahora sí es verano… Quedan tantos días de verano… Y aquí están, hoy, a mi lado, les pongo voz, les pongo casi nombre… ¿Han cambiado de mesa? ¿El verano les habrá hecho cambiar? Me pregunto… aquellos días que me encontraba con su mesa ausente, ¿sería en realidad porque se habrían sentado en otro sitio? Intento ocultar mi entusiasmo de escritora y me pongo a leer, a subrayar, a dejar pasar el tiempo a mi alrededor. Cuando el camarero vuelve con el zumo y el agua dice, perdona, no tenemos zumo con piña, se ha terminado, ah, no te preocupes, responde ella, zumo de melocotón está bien, pero espera esto es mucho hielo, toma para ti no quiero tanto hielo. El camarero se va para volver con el zumo de melocotón, apúntalo, ¿eh, Antonio? y las señoras prosiguen su conversación, interrumpida por algunas toses de la señora que ya estaba allí. Me fascina como enlazan un tema con el otro. Es el cumpleaños de una de ellas (¡la que yo siempre veía por la ventana!) y cuando le va a dar dos besos a la que tose esta le dice a mí no me beses, estoy muy constipada. A mí eso me da igual, y la besa. Y se ponen a hablar de lo malo que es constiparse en verano, es que un constipado solo busca calor, bebidas calientes, abrigo, y en verano claro, eso no se puede… Luego se ponen a hablar de la panadería que tienen cerca de casa… que el pan está muy rico, qué bien vende la chica, ¿y te acuerdas de esta otra chica? Era un maniquí… qué bien le quedaba todo y qué bien lo vendía, qué maja… Los recuerdos, la memoria… en estas mujeres, cualquier retahíla llama al pasado, inevitablemente. Sus amigas son sus autobiografías, sus memorias, sus huellas físicas en un mundo que cae, que ven caer… Qué mayores estamos ya, ¿cuántos tienes tú? Yo 60 y… 89. Y esta 87. Y me parece entender que la cumpleañera tiene 90 y pico… No hago más que pensar, sí… son como ella, son como ellas… Cuando era pequeña, mi madre me dejaba con mi abuela, a veces a su casa, otras veces a la cafetería donde estaba desayunando o almorzando con sus amigas. Era pequeña… no debía prestar atención a sus conversaciones. Nunca me dijeron que no escuchara, que iban a hablar de cosas de mayores, que me fuera a jugar… siempre me intentaban incluir en sus conversaciones, y yo tampoco me sentía excluida. Estaba con mi abuela, y sus amigas formaban parte de mí como lo formaba ella. Del mismo modo. Me apetecía ir con ellas, ¿cuándo iremos todas juntas a la playa? Mi abuela debía estar hasta las narices de mí, de mi insistencia, de mi cabezonería… Al final íbamos, claro, una de sus amigas me enseñó a flotar, me intentó enseñar a nadar (mi madre siempre ha tenido mucho respeto al agua y nunca se iba más allá de la orilla, yo lloraba en las clases de natación del colegio: no sabía nadar, me daba miedo nadar y, a la vez, el agua era el lugar que más paz y tranquilidad me daba del mundo). Así que ahí me iba con ella, a nadar con ella, me daba seguridad y sabía que sería capaz de hacer cualquier cosa mientras ellas estuviesen a mi alrededor vigilándome y ayudándome. No era como si estuviesen supervisándome: más bien me daban apoyo, me convencían de que podría, me daban la seguridad que necesitaba. También, esa misma amiga, me enseñó a dar masajes. Nos los dábamos mutuamente y al final me regaló un libro sobre ello que ella consideraba la biblia. Me había hablado varias veces de él, y no pensé que me lo fuera a regalar nunca. Ni siquiera se lo pedí: sabía que era preciado para ella. Así que cuando un día vino a la playa con él para regalármelo… sentí un gran vínculo de ternura y cariño con ella. Y con la playa, y el mar, y los cuidados… Mi abuela y sus amigas eran mi paz y mi cariño… Sabía lo que era el amor porque veía su amistad, y el modo en el que me trataban, como si al ser nieta de una de ellas ya fuera nieta de todas… amiga de todas, familia de todas… No sé qué pasó después. Nunca más volví a verla. No sé si se pelearon o se mudó… recuerdo que me dolió mucho eso. Fue como una pérdida para mí. Como si alguien de mi sangre se fuera… Esa amistad era lo más real que podía existir en el mundo para mí, para esa mente de niña inocente que solo observa y crea e imagina con su mirada. Y se rompió. Mi memoria era imaginación y sueños… Soñaba con una amistad así. No: soñaba con un cariño así, tan gratuito, tan desinteresado… Me sentía querida. Me sentía querida de verdad…

Creo que alguna vez más nos la encontramos en la playa, tiempo después, mi madre y yo, cuando ya no venía mi abuela con nosotras porque era ya muy pesado para sus piernas… Ella estaba sola. Tomando el sol boca abajo (era la persona que más morena se ponía de todas las personas que yo conocía), sobre un cacharrito que tenía para sujetarse la cabeza. No sé si la llamamos o fuimos a decirle algo… recuerdo que mi madre estaba poco interesada en saludarla. Yo insistí. Recuerdo que me saludó con cariño, pero no sé por qué… en mi memoria habita algo de tristeza relacionada con esa imagen, por alguna razón… no recuerdo qué me dijo, ni qué cara puso, no recuerdo qué pasó… recuerdo solo su amabilidad. Pero… ¿por qué veo tanta tristeza…?

La otra amiga con la que íbamos se echó novio (como a los sesenta o setenta que tenía, creo que era viuda) y dejó de ver a sus amigas. Bueno, no es que dejara de verlas… pero dejó de quedar tanto. Y ellas empezaron a quedar por su cuenta, viendo que ella ya no venía tanto. Así que es como si el grupo siguiera su vida sin ella. Y poco después la que me enseñó a nadar también se acabó yendo. No sé si alguna vez me explicaron qué pasó. No se rompieron relaciones, no recuerdo eso. Simplemente… se distanciaron. Si solo hubiesen seguido siendo amigas durante más tiempo… ¿qué habría sido de mi crecimiento como persona, mi crecimiento emocional? ¿Habría cambiado? ¿Habría encontrado confidentes donde no los tenía? ¿Habría crecido con más seguridad? ¿O habría sido todo igual que siempre? O mejor… qué poco me rompí cuando se rompió…

Ahora, cada vez que floto en el agua cierro los ojos. Llega el verano y todo lo que quiero es ir al agua, dejarme abrazar por él, sentir mi cuerpo ligero como una pluma… Floto y mi mente se teletransporta a una seguridad antigua, a una paz lejana… Al cariño… Vuelve al cariño… Allí en las olas siempre me esperará…

Una entrada en la que intento hablar sobre Die my Love y acabo hablando sobre otras cosas (o sea, sobre mí)

  «y, al enterarme de tu muerte, noto / una terrible atracción, sabor a sal» (Anne Sexton)   Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Lana del ...